viernes, 4 de enero de 2019

EL ADVERSARIO, Emmanuel Carrère


“Una mentira, normalmente, sirve para tapar una verdad, algo quizá vergonzoso, pero real. La suya no tapaba nada. Bajo el falso doctor Romand no había un verdadero Jean-Claude Romand”

CARRÈRE, Emmanuel
Emmanuel Carrère (París, 9 de diciembre de 1957) es un escritor, guionista y realizador francés, diplomado por el Instituto de Estudios Políticos de París.
Hijo de Louis Édouard Carrère y de la sovietóloga de la Academia francesa Hélène Carrère d'Encausse, tiene dos hermanas, Nathalie Carrère y Marina Carrère d'Encausse.
La mayoría de sus escritos destacan por la mezcla de ficción y no ficción, normalmente uniendo su propia experiencia con el desarrollo de la historia que cuenta. En sus obras trata cuestiones sobre la identidad o el desarrollo de la ilusión. Algunos de sus libros han sido llevados al cine y él mismo dirigió la adaptación de su novela La Moustache.
Además, fue miembro jurado del jurado internacional del Festival de Cannes 2010, del jurado del Cinéfoundation y de la sección de cortos del Festival de Cannes 2012. Años más tarde, en 2015, fue también miembro del jurado del Festival Internacional de Cine de Venecia de 2015.
Ganador en 2017 del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances (antiguo Premio Juan Rulfo) que otorga la Feria del Libro de Guadalajara.
En el acta el jurado ha dicho sobre su obra: "es un escritor que practica la circulación multimedia, trabajando además en cine y televisión, pero sin separarse de la gran tradición humanista. Por un lado, es capaz de releer y comentar la Biblia con la erudición que exhibe en un libro como El reino. Y, por otro, es autor de una celebrada biografía de Philip K. Dick y un apasionado lector de ciencia ficción y de reportajes periodísticos. Heredero de Montaigne y de Rousseau, lo autobiográfico adquiere en su escritura una dimensión crítica que le permite pintarse sin concesiones y explorar arriesgadamente zonas de sombra de la condición contemporánea".


OBRAS DE Emmanuel Carrère


EL ADVERSARIO


EMMANUEL CARRERE

ISBN
978-84-339-6921-7
EAN
9788433969217
PVP CON IVA
15 €
NÚM. DE PÁGINAS
176
COLECCIÓN
CÓDIGO
PN 461
TRADUCCIÓN
Jaime Zulaika 01/09/2000


El verdadero Jean-Claude Romand
 Un relato escalofriante, una historia real que nos sume en el estupor, que es un viaje al corazón del horror. El adversario es una novela que, si no fuera porque cuenta hechos reales, no valdría ni para guión de película con aspiraciones a ser tomada mínimamente en serio, porque nadie se creería la historia de Jean–Claude Romand.  Al leer cada página queda patente el dicho de que la realidad supera la ficción y en este caso con creces.

Pertenece a un género en auge, el de novela sin ficción o novela testimonio, en el que se hace uso de los recursos de la literatura para narrar hechos reales. Un género híbrido que para muchos nace con Truman Capote y su A sangre fría, pero que para los más entendidos se origina con Operación masacre del argentino Rodolfo Walsh. La novela sin ficción cuenta en su nómina, entre otros, con autores como el propio Carrère, Delphine de Vigan, Leila Guerriero, la Nobel Svetlana Alexiévich. En España podríamos hablar de firmas como Javier Cercas, Sergio del Molino o, con su último libro, Miguel Ángel Hernández. Todos, aunque desde diferentes perspectivas, comparten el objetivo de hechizarnos con su pluma para –capturada nuestra atención–mostrarnos que en ocasiones la realidad puede superar a la ficción. 
             
Aunque como hemos señalad anteriormente el antecedente más citado de El adversario es A sangre fría, de Truman Capote, novela de no ficción — así la llamaba su autor— sobre el asesinato de una familia de granjeros en Kansas. Las diferencias son evidentes, Capote pretendía ser objetivo, como una cámara fría y omnisciente; Carrère narra en primera persona e implicándose en la historia. Capote pretendía hacer una crónica periodística en la que nada era inventado, pero fabricaba escenas y conversaciones: engañaba; Carrère cuenta lo que sabe y cómo lo sabe: el foco es más limitado —el narrador no lo ve y oye todo—, pero más honesto y verosímil.  Podría argumentarse que el antecedente de El adversario es otro,
menos evidente que A sangre fría: El extranjero, de Albert Camus, también la historia —en este caso ficticia— de un asesinato y una condena. Ambos libros se parecen por su brevedad. También por los abismos existenciales a los que ambos relatos arrojan. Y por los protagonistas: Meur­sault y Romand, dos hombres solitarios, enigmáticos, arrastrados en su vaivén vital por quién sabe qué fuerzas. Uno mató porque hacía calor y el sol pegaba fuerte; el otro, porque un día no se presentó a un examen y esto abrió las compuertas a una catarata de mentiras que desembocó en una matanza. El adversario y El extranjero se parecen incluso en las fuentes de inspiración. La frase corta y seca de Camus en su novela es la de la novela policiaca norteamericana de los años treinta; el relato periodístico de Carrère bebe del periodismo de revistas como The New Yorker y de Capote.  El adversario puede considerarse El extranjero de nuestra época, y Romand, el equivalente a Meursault.


El adversario en estricto rigor no es una novela, tampoco una crónica ni un ensayo periodístico; es, más bien, un relato que se queda en el camino intermedio entre una y otra cosa, tal como en Limónov (publicación cronológicamente posterior). Desde hace dos décadas, el autor se dedica a escribir lo que él mismo denomina “un tipo peculiar de libros de no ficción”, donde “lo que hay en común es que hablan de situaciones y personajes reales. No hay reglas. No ficcionalizo. Y están escritos en primera persona”. Esa primera persona establece un tono inconfundible, que oscila entre lo confesional y lo irónico. También facilita otra de las características de estos libros: el relato de cómo se construye el artefacto literario. 

“Me gusta la pintura de paisajes, las naturalezas muertas, la pintura no figurativa, pero por encima de todo me gustan los retratos, y en mi terreno me considero una especie de retratista”, escribe Emmanuel Carrère en El Reino.
La casa de la rue Bellevue, que Romand había incendiado antes de suicidarse.
Jean-Claude Roman, el protagonista de esta historia, es un hombre real, un francés que efectivamente existe. Es conocido por un atroz hecho criminal: en el año 1993 mató a sus dos padres, a sus hijos y a su mujer, prendió fuego a su casa y luego intentó suicidarse. Peor aún, ni siquiera se trató de hechos temporalmente sucesivos, sino que se tomó su tiempo entre un asesinato y otro, se mantuvo por horas viendo televisión en la casa donde arriba permanecían los cuerpos sin vida de su mujer e hijos, viajó hasta el domicilio de sus padres para terminar el crimen, volvió y quemó la casa intentado hacer parecer todo un accidente. Luego de pasar una semana en coma lo negó todo, trató de inculpar a un desconocido de aquellos crímenes y cuando la investigación se concentró en él comenzó a cambiar de historias, incluso de formas ridículas, hasta finalmente confesar su completa culpabilidad. 
El matrimonio de los Romand y sus dos hijos unos años antes de que fuesen asesinados por Jean-Claude
 
Los padres.
Preparando la reseña he aprendido que lo que hizo Jean Claude se conoce en criminología como "suicidio extensivo", que significa que el asesino quiere suicidarse pero mata antes a su familia para que no sufran al saber la verdad.
Exequias de la familia de Jean-Claude Romand a la que asesinó © PQR/LE PROGRES – 2014
El hecho criminal no sería particular, desgraciadamente la crónica negra está cargada de sucesos como este, lo realmente especial de este caso es que este hombre cometió todos esos crímenes al darse cuenta que su mentira sería o estaba siendo descubierta, de forma inminente e inevitable ¿cuál mentira? Toda. Toda su vida era una mentira. Su familia (padres, mujer, hijos), amigos y conocidos pensaban que era un reputado médico que trabajaba para la OMS dedicado a la investigación, cuando lo cierto es que jamás llegó a pasar el segundo año de medicina, simplemente porque no se presentó a rendir los exámenes finales. Tenía un tren de vida —hacia la parte final— más bien suntuoso, pero no tenía ningún tipo de ingreso fijo. Por el contrario, pasó años y años de su vida gastando el tiempo, las horas supuestamente laborales, estacionado en aparcaderos o caminando por algunos senderos de un bosque. Su economía se sustentaban en fuertes sumas que logró obtener, en diferentes momentos, de su familia o amigos, bajo promesa de depositarlos a un excelente interés en su propia cuenta bancaria en Suiza, cosa que también era mentira o, dicho de otro modo, de sucesivas estafas a personas de su círculo de confianza. Estafas que podía llevar a cabo con total impunidad porque era una persona que generaba confianza y nadie podía llegar a pensar que fuera un estafador sin escrúpulos, capaz de engañar a un tío enfermo vendiéndole a un precio astronómico unas pastillas que lo curarían, totalmente falso, por cierto.
Sede de la Organización Mundial de la Salud en Ginebra
Pero no solo miente en un principio y las mentiras se van entrelazando para mantener su vida sino que se convierte en un modus operandi, así para ocultar el dolor que le ha causado la ruptura con su amante, se inventa un accidente de coche, un linfoma y la muerte por cáncer de un supuesto jefe en la OMS al que estaba muy unido.

El adversario es un relato basado en hechos que, a pesar de ser inverosímiles, son reales; pero no es una crónica desapegada de los hechos, un retrato ad hoc de Romand y un epílogo sobre su juicio y condena. Es una novela cargada de preguntas, o de invitaciones a formularnos ciertas preguntas a nosotros mismos. Es un horrendo –en cuanto que es real– thriller psicológico; es también un retrato psicológico del demente y asesino Jean–Claude Romand; y, en una lectura más profunda, es un libro que se plantea reflexiones filosóficas, no siendo la menor de ellas la reflexión sobre qué es el mal y quién es malvado. No olvidemos el título:  el adversario es Satanás, el príncipe de la mentira, el gran mentiroso, Carrère reconoce a Romand como el adversario, el mentiroso por excelencia, porque, en ausencia de la mentira, no había nada ni nadie. Sencillamente, la mente, la personalidad o el alma de la persona que es Jean–Claude Romand no se atisba, no existe. Carrère nos cuenta en su novela que Romand no mentía para protegerse, ni para ocultar algo que lo pusiera en riesgo; mentía porque sí, porque había sucedido, porque estaba en su naturaleza. Y, al final, su mentira acabó explotándole a él y a las personas que lo amaban:

“Una mentira, normalmente, sirve para tapar una verdad, algo quizá vergonzoso, pero real. La suya no tapaba nada. Bajo el falso doctor Romand no había un verdadero Jean-Claude Romand”


Pero quizá una de las vertientes más interesantes del libro sea el punto de vista que escoge el autor, desde las primeras líneas queda patente que el autor estará presente en la obra así: 

La mañana del sábado 9 de enero de 1993, mientras Jean-Claude Romand mataba a su mujer y a sus hijos, yo asistía con los míos a una reunión pedagógica en la escuela de Gabriel, nuestro hijo primogénito. Gabriel tenía cinco años, la edad de Antoine Romand. Luego fuimos a comer con mis padres, y Romand a casa de los suyos, a los que mató después de la comida. Pasé solo en mi estudio la tarde del sábado y el domingo, normalmente dedicados a la vida en común, porque estaba terminando un libro en el que trabajaba desde hacía un año: la biografía del novelista de ciencia ficción Philip K. Dick. El último capítulo contaba los días que había pasado en coma antes de morir. Terminé el martes por la tarde y el miércoles por la mañana leí el primer artículo de Libération dedicado al asunto Romand.

Fotograma de “El adversario”, dirigida por Nicole Garcia

Así  no se limita a constatar los hechos, sino que se inmiscuye en ellos, Carrère se pregunta por qué optó por la vía de la mentira, por una vía que casi desde el primer momento se revelaba como más tortuosa y accidentada que la verdad y que acabaría llevándole a matar a toda su familia 18 años después.  Entra en  la subjetividad de Jean-Claude Roman, reconstruye algunos de sus supuestos pensamientos y emociones y desde ahí logra entrar en el terreno de la ficción.  Carrère decidió indagar sobre la vida del monstruo y especular sobre cuáles habían sido los motivos que le habían llevado a acabar con la vida de sus padres, su mujer y sus dos hijos. Una cuestión muy peliaguda en un mundo dispuesto a encontrar sus demonios, su maldad absoluta, y a volcar sobre ellos el peso de la justicia, de la venganza, de las frustraciones. Aunque el autor está presenta en toda la obra no pierde nunca de vista que lo que importa es el tú, el yo es el vehículo para llegar al otro. No se trata de proscribir la primera persona, inevitable en la crónica y el ensayo: se trata de calibrarla.

El adversario ofrece también, a modo de epílogo, el recuento de los primeros años de encarcelamiento de Romand. Me parece muy interesante esta parte también, y quizá la más provocadora en términos de reflexión, concretamente en torno a la posibilidad de redención, al perdón y a la posibilidad de encontrarse uno a sí mismo y, en fin, alcanzar la salvación personal. Y, una vez más, la historia de Jean–Claude Romand se nos narra con la suficiente riqueza de matices para permitir cualquiera de las dos posturas. 

Quizá podríamos señalar que al final la historia nos deja un tanto insatisfechos porque no llega a responder a ninguna de las preguntas que parecen inevitables: ¿qué lleva a una persona a inventarse una vida y a vivirla durante 18 años? ¿Cómo se hace para vivir ese día a día, sin pensar que llegará un momento en que sea imposible seguir manteniendo el teatrillo o, peor todavía, sabiendo que vendrá el día en que todo se desmorone? El propio Romand en el juicio, cuando se le haga esa pregunta, responderá: “Me he hecho esa pregunta todos los días durante veinte años. No tengo respuesta.” Pero yo creo que en eso estriba también la grandeza del libro, es un libro que nos habla de la verdad y de la mentira pero que nos plantea que no hay una verdad absoluta. Aunque tengo que señala que a mí me ha parecido que la capacidad de mentir es tal en Romand, que en la cárcel no ha hecho más que construirse otra gran mentira, si antes era el perfecto marido, padre y amigo; ahora es el perfecto cristiano que se sacrifica rezando a hora intempestivas, cosa que no deja de inquietarme  porque parece que su salida de la está cercana. Esta reflexión no la hace el mismo autor sino que la pone en boca de otra preiodista que creo que acierta bastante:

"Y lo peor, a la inversa, que podría sucederle, era que unas meapilas como Marie-France le tendiesen en bandeja un nuevo personaje que interpretar, el de gran pecador que expía sus pecados rezando rosarios. Para aquel género de cretinos, Martine no hubiese sido hostil al restablecimiento de la pena capital"



Romand fue condenado a cadena perpetua en julio de 1996 y, desde entonces, cumple pena en la cárcel de Châteauroux. Desde la prisión ha trabajado restaurando las bandas sonoras de documentales para el Instituto Nacional del Audiovisual. Ya en 2015 se cumplió su período de seguridad y podía pedir la libertad condicional, pero no lo hizo. Sin embargo, ahora en 2018 ha solicitado salir del penal.

El parricida tiene ahora 64 años y los análisis psiquiátricos han establecido que la liberación del preso no entraña problemas. El proyecto de reinserción está avanzado y aseguran que el detenido ha entrado ya en contacto con las personas que le darán trabajo. Su solicitud de liberación se examinará el 18 de septiembre y, si le es concedida, podría abandonar la prisión a finales de mes.



Si queremos saber la relación del autor con Jean Claude basta leer lo que señala en la entrevista concedida a la revista digital Nexos el 28 de noviembre de 2017 y titulada “La gangrena de la mentira”:

Nexus: Después de haber escrito El adversario, Jean-Claude Romand, el asesino, reaparece en muchos de sus libros, por ejemplo, en De vidas ajenas y en El Reino. Parece ser alguien central en su literatura. ¿Se ha imaginado usted el momento en el que salga de la cárcel y le devuelva usted sus archivos, los archivos del caso y del juicio?

EC: Ha sido central en mi trabajo. Fue con ese libro que pasé a la no ficción, al uso de la primera persona: ha sido un paso decisivo para mí. Sí he pensado en el momento en el que salga de la cárcel. No estoy seguro de que me pida sus archivos, pero sí sé que debo guardarlos y dejarlos a su disposición. Siendo francamente honestos, si él me quiere ver pues aquí estaré, pero no seré yo el que lo espere al salir de prisión. No tengo ninguna relación amistosa con él. Mantenemos una relación cordial porque pienso haber sido honesto con él. Después del juicio nos seguimos escribiendo un poco, pero todo se detuvo rápidamente. Es un hombre por el que no pasa ningún asunto emocional.

Nota editorial: esta entrevista fue concebida a cuatro manos por Alejandro García Abreu y Álvaro Ruiz Rodilla.
Traducción: Álvaro Ruiz Rodilla


Entrevistas con el autor:



 EL PERIÓDICO.Emmanuel Carrère: "Siento que me faltan las ideas, y me da miedo". El gran escritor de no ficción de Francia es uno de los invitados de honor del Festival de Locarno. Nando Salvà


Noticias sobre Emmanuel Carrère | EL PAÍS

FRASES DE LA NOVELA:  

 Ahora bien, aunque ese homicidio no quede probado, lo demás es cierto: Roland es también un pequeño estafador y le resulta mucho más difícil confesar esto, que es sórdido y vergonzoso, que delitos cuya desmesura le confieren una estatura trágica.

PELÍCULAS:

EL ADVERSARIO   Fecha de estreno 21 de febrero de 2003 (2h 09min)  

Dirigida por   

Reparto Daniel Auteuil, François Berléand, François Cluzet más 

 Género Drama 

PaÍses Francia, Suiza, España




LA VIDA DE NADIE: 
Año 2002
Dirección
Guion  Eduard Cortés, Piti Español
Música  Xavier Capellas
Fotografía   José Luis Alcaine
Reparto, , , , ,
Productora    Enrique Cerezo P.C / Antena 3 / Canal+ España / Pedro Costa Producciones Cinematográficas S.A. / Sogepaq
Género  Drama | Familia
 
 
CANCIÓN: 
EL grupo musical "Morgan" tiene una canción sobre el caso de Jean Claude Romand. Os dejo el enlace a la misma (AQUÍ).

Otras historias reales que superan la ficción: 



sábado, 8 de diciembre de 2018

NOVELAS DE NAVIDAD


Pinchando en las imágenes y enlaces que aparecen a continuación tendrás un listado de novelas con temática navideña:

http://www.eraseunavezqueseera.com/2013/11/25/novelas-navidenas/



LIBROS PARA REGALAR EN NAVIDAD, 2018


Todo el bien y todo el mal de Care Santos


Se trata de una novela que genera planteamientos profundos. Reina es la protagonista de 'Todo el ben y todo el mal', donde parece tenerlo todo: un marido, un exmarido, un amante, un hijo adolescente, un trabajo que le encanta con un buen sueldo€ Sin embargo, esa felicidad se ve rota en medio de un viaje de trabajo cuando recibe una llamada con una noticia terrible para ella. Es entonces cuando se le presentarán cuestiones incómodas sobre la realidad de su vida.

Yo, Julia de Santiago Posteguillo


La obra de Santiago Posteguillo logró el último Premio Planeta. 'Yo, Julia' es una novela de carácter histórico que cuenta las vivencias de Julia Domna, esposa del gobernador Severo. En el 192 d.C. ella tiene una visión de forjar una dinastía romana, algo que la lleva a una batalla diplomática y vital ante los hombres con mayor poder en el Imperio romano.

 

 Los señores del tiempo



El esperado desenlace de la Trilogía de la Ciudad Blanca.
El misterio llega a su fin.
Sinopsis de Los señores del tiempo:
Vitoria, 2019. Los señores del tiempo, una épica novela histórica ambientada en el medievo, se publica con gran éxito bajo un misterioso pseudónimo: Diego Veilaz.
Victoria, 1192. Diago Vela, el legendario conde don Vela, retorna a su villa después de dos años en una peligrosa misión encomendada por el rey Sancho VI el Sabio de Navarra y encuentra a su hermano Nagorno desposado con la que era su prometida, la noble e intrigante Onneca de Maestu.
Unai López de Ayala, Kraken, se enfrenta a unas desconcertantes muertes que siguen un modus operandi medieval. Son idénticas a los asesinatos descritos en la novela Los señores del tiempo: un envenenamiento con la «mosca española» ―la Viagra medieval―, unas víctimas emparedadas como se hacía antaño en el «voto de tinieblas» y un «encubamiento», que consistía en lanzar al río a un preso encerrado en un tonel junto con un gallo, un perro, un gato y una víbora....

Unai López de Ayala acabará descubriendo que Los señores del tiempo tiene mucho que ver con su propio pasado. Y ese hallazgo cambiará su vida y la de su familia.
 

A merced de un Dios salvaje de Andrés Pascual

Este thriller psicológico se ambienta en La Rioja, donde un niño de 11 años se adentra por primera vez en las bodegas familiares. Su aspecto recuerda en el pueblo al del hermano menor de su madre, desaparecido veinte años antes. Este hecho provoca el pánico en la localidad, puesto que temen que vuelva a ocurrir lo mismo con el niño.


 

Chicago de David Mamet

Otro título para seguidores de la novela negra llega de la mano de David Mamet, un autor que hacía 20 años que no escribía. El libro se ambienta en el Chicago de los años 20, donde el protagonista, Mike Hodge, reconvertido a periodista de sucesos tras ser aviador del ejército, investiga la muerte de la mujer que ama, Annie Walsh, quien ha sido asesinada.

 
Nada que no sepas
de María Tena

Esta novela, Premio Tusquets 2018, regresa al episodio que marcó el final abrupto de la adolescencia de la narradora y de la etapa más feliz de su familia. En concreto, la muerte de su madre en Uruguay a finales de los sesenta, en un momento en el que su vida se movía entre fiestas elegantes, días en la playa o divertidas celebraciones. Así, la protagonista se reencuentra con personas presentes en su infancia para conocer el motivo por el que se fue tan rápido a España con su hermano tras el inesperado fallecimiento.

 Mujeres en lucha: 150 años de reivindicacion en lucha
Para quienes quieren acercarse de una manera desacomplejada y didáctica a la historia de lucha feminista. Marta Breen y Jenny Jordahl nos proponen una novela gráfica que trata sobre la lucha por los derechos de la mujer en todo el mundo, unos derechos que hay que pelear día a día, porque en este tema no hay capítulos cerrados todavía.

 Aroma árabe: recetas y relatos
Para cocinillas a los que no solo les gustan las recetas, sino todo lo que envuelve el buen comer, que no deja de ser arte, vida, viajes, recuerdos… En esta obra, Salah Jamal reúne todo un recetario de la cocina árabe junto con relatos históricos, costumbres culinarias y muchas anécdotas sobre la vida en el mundo árabe.




Reina roja

Para amantes de la novela negra. Juan Gómez-Jurado ha creado un personaje que no podrá dejar de fascinarte y lo ha convertido en la protagonista de su novela. Se trata de Antonia Scott, una mujer de una inteligencia clarividente que no es ni policia ni detective, pero que, a lo Miss Marple, resuelve crímenes. Antonia lleva tiempo sin salir de su ático de Lavapiés cuando oye unos pasos en la escalera que lleva a su casa y sabe que la inesperada visita no le va a gustar…

La hija del relojero
Para seguidores de la autora Kate Morton y amantes de la novela en general. En esta sexta novela, Morton nos fascina con una historia contada por varias voces a través del tiempo. Un  libro de bocetos hará que Elodie Winslow recuerde una historia que su ya fallecida madre le contaba cuando era pequeña y el hecho de que se ponga a escarbar hará que se encuentre con un asesinato y un robo que veremos si puede esclarecer y que la llevarán a revisitar su pasado familiar.



FELIZ NAVIDAD 2018


Al buscar un relato navideño y dejando de lado a Dickens, he encontrado esta pequeña joya del escritor norteamericano Paul Auster. En esta historia nos encontraremos todos los detalles característicos de las narraciones navideñas: la ancianita ciega, el joven bonachón que hace feliz a la anciana en sus últimos días, la comida navideña y hasta el regalo, aunque este se disfrace de otra cosa...

Este breve cuento dio lugar a la película Smoke del director Wayne Wang quien quedó fascinado tras su lectura y decidió proponerle a Auster que escribiera un guión para adaptarlo al cine. Auster aceptó, y como resultado nació la película, que aprovecha los dos brillantes detalles del cuento original. Aparte de los motivos del cuento de Auster, poco más habría que reseñar de este film. Sin embargo, debo recomendar la música de Rachel Portman, es difícil leer el cuento sin imaginar su melodía de fondo.

¡Ah! se me olvidaba, que descanséis, que disfrutéis de la familia, de los amigos... y que el 2019 os traiga todo aquello que deseáis.


¡¡¡FELIZ NAVIDAD Y UN PRÓSPERO 2019!!!

El cuento de navidad de Auggie Wren", de Paul Auster
Le oí este cuento a Auggie Wren. Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre. Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.
Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años. Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo. Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.
Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros. Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida. A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso. Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías. Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.
Dios sabe qué esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente. En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.
Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca. Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación. Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:
—Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio.
Tenía razón, por supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada. Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente. Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones. Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos). Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Au-ggie.
Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos. Cogí otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio. Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí. Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.
—Mañana y mañana y mañana —murmuró entre dientes—, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.
Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Eso fue hace más de dos mil fotografías. Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos. Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.
A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?
Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras "cuento de Navidad" tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.
No conseguía nada. El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.
—¿Un cuento de Navidad? —dijo él cuando yo hube terminado. ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.
Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.
—Fue en el verano del setenta y dos —dijo. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.
"Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara. Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?
"Así que me quedé con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes. Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.
"La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.
"—¿Eres tú, Robert? —dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.
"Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.
"—Sabía que vendrías, Robert —dice—. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.
"Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.
"Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.
"—Está bien, abuela Ethel —dije—. He vuelto para verte el día de Navidad.
"No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.
"No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.
"Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.
"—Eso es estupendo, Robert —decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo. Siempre supe que las cosas te saldrían bien.
"Al cabo de un rato, empecé a tener hambre. No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.
"Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.
"No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia.
—¿Volviste alguna vez? —le pregunté.
—Una sola —contestó. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.
—Probablemente había muerto.
—Sí, probablemente.
—Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.
—Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo.
—Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella.
—Le mentí y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.
—La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.
—Todo por el arte, ¿eh, Paul?
—Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.
—Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?
—Sí —dije—. Supongo que sí.
Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.
—Eres un as, Auggie —dije—. Gracias por ayudarme.
—Siempre que quieras —contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos. Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?
—Supongo que estoy en deuda contigo.
—No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.
—Excepto el almuerzo.
—Eso es. Excepto el almuerzo.
Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.
Paul Auster, Smoke & Blue in the face, Editorial Anagrama.

Aquí tienes el fragmento de la película en la que Harvey Keitel le explica esta historia navideña al alter ego de Pual Auster William Hurt: