lunes, 10 de febrero de 2020

VIVIANG GORNICK, Apegos feroces

 
Detalle de portada de la edición inglesa de 'Apegos feroces' ('Fierce Attachments')
“Apenas recuerdo a ningún hombre. Estaban por todas partes, claro está –maridos, padres, hermanos–, pero sólo recuerdo a las mujeres. Y las recuerdo a todas tan toscas como la señora Drucker o tan feroces como mi madre”
 
LA AUTORA

La mirada no es lo único socarrón, cristalino y penetrante que tiene Gornick. Su estilo literario también posee dichos rasgos. Escribe como mira. Antón Goiri
Vivian Gornick es una periodista, escritora y activista feminista estadounidense considerada una de las voces más destacadas en los años 70 de la segunda ola feminista de Estados Unidos.
Nació en el Bronx el 14 de junio de 1935 en un hogar pobre y obrero; hija de judíos socialistas. Tras estudiar en la universidad, comenzó a escribir en el semanario alternativo The Village Voice, donde empezó a darle voz al movimiento feminista hasta convertirse en una de las voces más reconocibles de los Estados Unidos en este campo–, y, posteriormente, en medios como The New York Times, The Nation.  Es autora de un buen número de ensayos, textos críticos, periodísticos y memorias, siempre desde una clara perspectiva de género, que ha sido su rasgo clave como periodista y escritora.
Gornick es una figura destacadas de la segunda ola del feminismo, la que se concentra, sobre todo, en las décadas de los sesenta y setenta:

 “Todas las mujeres jóvenes de Occidente tienen hoy ciertas expectativas vitales que no tendrían de no haber sido por mi generación. No conseguimos alcanzar todos nuestros objetivos, pero elevamos el grito para reclamar igualdad e hicimos que el mundo escuchase”.

La diferencia entre el activismo de aquel momento y el actual es, para ella, que antes predominaba una amplia visión filosófica, mientras que ahora se impone un espíritu más práctico, orientado a los resultados. De ahí que muchas mujeres se organicen para contrarrestar las medidas de la Administración Trump. “EE UU no es el único país que está viviendo el avance del populismo de derechas. Las cuestiones que nos dividen nos afectan por igual en todo occidente”, señala.
 Y tal y como ella declara: 

“Se juntan en mí tres tipos de marginalidad: soy mujer, judía y de clase obrera. Cada una ha captado mi atención en momentos diferentes. Mis padres eran comunistas, y me educaron para que creyese en el romance de la clase internacional trabajadora. Luego, en la universidad, empecé a viajar y fui testigo del antisemitismo en mi país. Más tarde, me di cuenta de que, si había un factor que condicionaba mi vida por encima del resto, era mi condición de mujer. Fue entonces cuando me hice feminista”.

 OBRA:



Editorial: Sexta Piso, 2017 
(trad. Daniel Ramos Sánchez)
Páginas: 224
ISBN: 9788416677399
Precio: € 19.90 EUR*
En  el 2017, con treinta años de retraso,  Sexto Piso edita en castellano y L’Altra en catalán las memorias Apegos feroces. Su autora,  Vivían Gornick,  hasta ese momento una gran desconocida para el público español,  se convierte en una de las revelaciones del año. La novela fue galardonada con el Premio Libro del Año del Gremio de Libreros de Madrid (que el año pasado reconoció, casualmente, otra historia real sobre una madre y una hija: Tú no eres como otras madres, de Angelika Schrobsdorff).



Gornick, que ha desempeñado una carrera académica, centrada en la no ficción, pertenece a la generación de Alice Munro, Toni Morrison. Margaret Drabble,  Margaret Atwood y Angela Cárter, entre otras escritoras anglosajonas ilustres. Mujeres cultivadas, pioneras por su trayectoria profesional; una generación llamada a introducir cambios, a establecer un nuevo paradigma de mujeres libres e independientes. Pero no era todo tan fácil, ni se sentían tan fuertes. Este libro de memorias, a caballo entre lo íntimo y lo colectivo, lo atestigua.

Podríamos resumir la novela diciendo que la autora, una mujer madura, camina con su madre, ya anciana, por las calles de Manhattan, y en el transcurso de esos paseos llenos de reproches, de recuerdos y complicidades, va desgranando el relato de la lucha de una hija por encontrar su propio lugar en el mundo. 

La relación con mi madre no es buena y, a medida que nuestras vidas se van acumulando, a menudo tengo la sensación de que empeora. Estamos atrapadas en un estrecho canal de familiaridad, intenso y vinculante: durante años surge por temporadas un agotamiento, una especie de debilitamiento, entre nosotras. Después, la ira brota de nuevo, ardiente y clara, erótica en su habilidad para llamar la atención.

¿Qué nos quiere contar la autora? ¿Por qué utiliza a su madre como antagonista?  Creo que la autora nos quiere enfrentar a dos tipos de mujeres y cómo han planteado su vida a partir de la educación y los estereotipos que las han marcado  y cómo las mujeres de la generación de la escritora al acceder a la cultura pudieran plantear un tipo de mujer diferente y romper con el ideal romántico al que tenían que consagrar su vida.

¿Cómo nos lo cuenta?
A partir de la vivencia personal, es un libro de memorias, el punto de vista en primera persona aporta a la novela el toque de sinceridad y honestidad de que hace gala toda la historia,  fundamentalmente en esa relación de amor-odio con su madre, ella no ha sabido ser la hija que su madre quería y su madre no le ha sabido dar el afecto que ella necesitaba, un afecto que por otro lado, tampoco parece que haya sido capaz de dotar a sus relaciones amorosas; en todas las relaciones afectivas veo un punto de desapego y frialdad que sobrevuela la novela.

¿Cuál es el punto de partida?
El punto de partida es la relación de la autora con su madre, aunque a medida que la historia avanza nos va contando diferentes momentos de su trayectoria personal. Desde el presente, la narradora, una mujer madura, pasea junto a su madre, ya anciana, por Nueva York, ciudad que sirve de marco y escenario de ese duelo femenino de reproches y de afectos aunque sean feroces:
«Durante estos paseos no nos queremos, sino que a menudo rabiamos una contra la otra, pero de todas formas paseamos.»
Dos mujeres solas que pasean, la madre enviudó décadas atrás y nunca quiso casarse de nuevo, mientras que la hija no encontró una pareja estable; solo se tienen la una a la otra, para lo bueno y para lo malo. No presenta una relación fácil, se asienta más en las confrontaciones, los silencios y los eventuales estallidos que en la hipotética ternura.
“Cada vez que me ve, dice: ‘Me odias. Sé que me odias’. Voy a hacerle una visita y a cualquiera que esté presente -un vecino, un amigo, mi hermano, uno de mis sobrinos- le dice: ‘Me odia. No sé qué tiene contra mí, pero me odia’. Del mismo modo, es perfectamente capaz de parar por la calle a un completo desconocido cuando salimos a pasear y soltarle: ‘Esta es mi hija. Me odia’. Y a continuación se dirige a mí e implora: ‘¿Pero qué te he hecho yo para que me odies tanto?’. Nunca le respondo. Sé que arde de rabia y me alegra verla así. ¿Y por qué no? Yo también ardo de rabia”.”

El marco espacial y social.
Desde el presente la autora va desgranando su vida y reconstruye su existencia desde los años cuarenta en el Bronx, cuando era una niña y estaba rodeada de familias y mujeres. Esos vecinos y, sobre todo, vecinas que se relacionan por proximidad, en las escaleras, los descansillos, el barrio. Un retrato de “el todo”, el momento, por “la parte”, el edificio.

Aquí, en este edificio completamente judío, estaba en su salsa, tenía suficiente espacio entre la piel de la presencia social y la carne de un núcleo que no sabía nada de ella y por el cual podía moverse, expresarse con libertad, ser amable y sarcástica, histérica y generosa, irónica y criticona y, en ocasiones, lo que ella consideraba cariñosa: aquel comportamiento hosco y avasallador que adoptaba cuando se veía invadida por la ternura que tanto temía.

¿Qué referentes femeninos rodean a la autora?
En este edificio judío empezamos a conocer a las mujeres que rodean a la escritora y que son sus referentes femeninos en los que se proyecta desde niña para construir su propia identidad y se convierte en una mujer emancipada: la Sra Gornick, una mujer judía de costumbres rígidas y un fuerte temperamento, satisfecha con su matrimonio, que se casa con un hombre al que se consagra en vida y también en viudedad ya que no sale del papel de viuda una vez su marido fallece, una señora, en suma, «respetable» en el vecindario;. Quizás su contrapunto sea Netti, la vecina, el polo opuesto a la madre, una inmigrante ucraniana, más joven, atractiva, sensual, una chica que lleva una vida un tanto desordenada y se busca en el calor de los hombres. Y en mitad, en el centro de la novela, está la autora. Una mujer de casi cuarenta a la que vemos de niña mirando todo y recogiendo información y conductas mientras busca el tipo de mujer que quiere ser. La narradora, poco a poco, interioriza que lo socialmente aceptado es el rol de su madre; sin embargo, ella se siente mucho más atraída por el comportamiento de Nettie, pese a ser reprobada por las mujeres «respetables», la conciencia de querer ser la esposa convive con la inevitable atracción por el rol de la amante.
Todas nos entregábamos a nuestros placeres. Nettie quería seducir, mamá quería sufrir y yo quería leer. Ninguna de nosotras sabía cómo imponerse una disciplina que condujese a la consecución de una vida femenina ideal y corriente. Y, de hecho, ninguna de nosotras lo logró.
La universidad le permite huir de la ordinariez y de la tosquedad de una madre cuyo mundo se limita al vecindario, pero por mucho que haya estudiado, la hija nunca consigue despegarse por completo de esa brusquedad, una brusquedad que causa rechazo en ella, aunque a la vez la asume como una parte de su identidad porque creció en ese entorno. Las contradicciones, en fin  de la mujer que intenta ascender de clase por sí misma.
Frente a ese universo femenino que giraba en torno de la figura masculina, y del amor como lo único importante en el mundo de una mujer, la autora va relatando sus fallidas relaciones amorosas,  nos presenta la reflexión de que una mujer no necesita ese otro yo para vivir y que la realización personal no llega solo a través de un amor idealizado o sexual. La autora encuentra en su trabajo intelectual, y en concreto en la escritura, su refugio, el ámbito en el que se siente cómoda, realizada, serena; frente a tantas representaciones culturales que promueven el amor como el ideal de felicidad. Gornick nos habla de una mujer, de ella, que encuentra el bienestar en el cultivo de sí misma. No está libre de malestar, claro: tropieza una y otra vez con la contradicción de querer ser una mujer emancipada y no obstante repetir los mismos errores que tantas mujeres cometieron antes (un matrimonio fallido, una temporada como la amante de un hombre casado). En teoría, las mujeres de su generación, a diferencia de sus madres, han tenido muchas oportunidades a su alcance (estudios universitarios, viajes, independencia económica, una experiencia del amor más libre e igual); con todo, se siente frustrada por el fracaso sentimental, que pesa más que el éxito, y porque no siempre consigue concentrarse en su profesión. Además, está el origen humilde: la dificultad para despegarse de esa madre arraigada a sus raíces, tan diferentes del universo intelectual por el que la narradora pretende desenvolverse.
Aquéllos fueron los años en los que a las mujeres como yo las llamaban «Nueva», «Liberada», «Sin Pareja» (yo prefería «Sin Pareja», y sigo haciéndolo) y, efectivamente, me sentía nueva, liberada y sin pareja cuando me sentaba frente al escritorio; pero por las noches, tumbada en el sofá, con la mirada perdida, mi madre se materializaba en el aire frente a mi como diciéndome: A/o tan rápido, querida. Tú y yo aún tenemos cosas pendientes.
Gornick no es la primera ni la última escritora en examinar estas cuestiones, pero lo que hace de Apegos feroces una obra sobresaliente reside en su manera de contarlas. Eso la hace única y a la vez universal, porque lo que relata atañe, porque las mujeres pueden (podemos) reconocerse en su relato, sus dudas a lo largo del camino, su tensión con la madre. 
A partir de la anécdota (la chachara durante el paseo, las frases recurrentes de la madre, el hecho de preguntar qué ha sido de alguien como quien no quiere la cosa), desgrana vivencias que la marcaron; las experiencias trascendentales condensadas en los detalles, en las pequeñas cosas. Se le nota la trayectoria académica en su narración concienzuda, con cursivas enfáticas, muy comedida, muy analítica.
En una entrevista dirá: 
Para mí, los hombres, el sexo y el amor siempre han sido secundarios. No son los lugares en los que me he encontrado a mí misma. Ese lugar es mi trabajo, la escritura. Como escritora, sí que me he sentido realizada. No hay ningún ‘te quiero’ en el mundo que me haya importado más que la escritura.





Fuentes:  

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